Esta entrada la publiqué originalmente en LinkedIn aquí.
Esta semana, mi ChatGPT me ha recomendado un artículo (más bien un anuncio disfrazado de ensayo) publicado en la web de Andreessen Horowitz y explicando un “caso de éxito” de adopción de Cursor en SpaceXAI. Como diría mi abuela, “Dios los cría y ellos se juntan”. En ese artículo, escrito desde el más rancio ultraliberalismo, los autores defienden que debemos apostar por equipos capaces de iterar muy rápido. Obviamente, me ha venido a la cabeza aquella promesa con la que durante años se vendió Scrum: “hacer el doble de trabajo en la mitad de tiempo”. Ya entonces confundíamos con demasiada facilidad agilidad con productividad. Y en muchos sitios lo seguimos haciendo.
Me preocupa que con la IA sigamos cayendo exactamente en la misma trampa: más código por desarrollador, más funcionalidades por equipo, más releases por semana, más experimentos, más rápido… La IA, como todas las tecnologías, es un acelerador. De lo bueno… y de lo malo.
Una organización que genera veinte versiones por semana puede estar moviéndose muy deprisa pero aprendiendo muy despacio.
Producir más cosas sólo acelera el aprendizaje cuando somos capaces de observar qué ocurre, interpretar las señales, cuestionar nuestras hipótesis y cambiar de dirección. Y sospecho que esas capacidades organizativas no están escalando al mismo ritmo que nuestra capacidad de producir.
Ese desfase entre la velocidad a la que producimos y la velocidad a la que aprendemos va a obligarnos a prestar mucha más atención al diseño organizacional. Si la IA cambia los ritmos a los que podemos trabajar, tendremos que aprender también a cambiar el ritmo al que decidimos, coordinarnos y organizamos el trabajo. Necesitamos organizaciones con capacidad para rediseñarse mientras funcionan.