Ocurrencia: El despertar de los programados

Ayer estaba viendo el programa de titulado “¿Dónde está la pasta?” sobre la evasión de capitales y el abuso del sistema de especulación financiera sobre las personas de todo el mundo y se me vino a la imaginación una imagen ciertamente utópica: todos los programadores del mundo, a la vez y sin excepción, desconectaban y destruían todos los sistemas informáticos que dan soporte a esas prácticas. Así, en apenas unos minutos, todos aquellos que basaban su poder en las anotaciones bancarias o en los apuntes en una contabilidad de activos intangibles (¿otro oximorón?), sin más, lo perdían todo y se tenían que conformar con aportar valor real a la sociedad.

Es una ocurrencia un tanto infantil, lo sé, pero escuchad lo que Douglas Rushkoff dice sobre la necesidad de que adoptemos un papel más activo en la sociedad, entendamos las reglas que lo mueven y abandonemos esa actitud pasiva que nos lleva a no ser libres.

Fracasar

En los últimos días he leído estos artículos de Dani y Guillermo donde hablan de sus fracasos. Sin miedo al qué dirán. Con transparencia. ¡Claro que sí! Y me he mirado a mí y me he preguntado por qué no hablo yo de mis fracasos. Tengo un buen libro que escribir sobre mis fracasos. Sobre todo porque sí que son fracasos: porque no he aprendido nada de ellos. Fracasar, según la RAE, lleva consigo un matiz de frustración, de no continuar, de algo sin valor. El fracaso no es algo de lo que sentirse orgulloso y por eso lo ocultamos. Prefiero hablar de fallar. Dani y Guillermo simplemente han fallado en algunas de las cosas que han intentado. No es tan grave. Han aprendido y están corrigiendo. Le han dado valor al fallo y por eso lo pueden expresar con alegría y compartirlo con los demás, con generosidad, para que otros, quizás, podamos evitar esos mismos errores.

Yo, sin embargo, tengo una pila de fracasos en mi mochila que me pesan y no me dejan avanzar. Y son fracasos porque no aprendo de ellos. No los observo con calma, los desproveo de la carga emocional que muchos de ellos llevan, y los aprovecho para aprender y corregir mis acciones. Soy tan tonto que sigo pensando que las circunstancias que me llevaron a esos fracasos me son ajenos y no tienen nada que ver con otros fracasos.

Vivir desde hace tiempo en este permanente estado de preocupación por llegar a fin de mes y mantener todos los proyectos que arranco, creyendo que puedo mirar de muy cerca al zulú y aun así tomar decisiones adecuadas, está siendo mi gran fracaso. Sí, estoy fracasando, en gerundio.

Pero lo peor no es que mi estado de fracaso no me permita distinguir entre errores y aprender de ellos, sino que están afectando también a los demás que me rodean. Reconocer el fracaso es el primer paso para curarse de esa enfermedad. El segundo es tomar decisiones. Desde luego, transformar frustración en acciones es un ejercicio duro. No será inmediato, tampoco será fácil, no está siendo fácil… pero es el único camino para no fracasar. Y desde luego el camino es mucho menos duro si lo hacemos junto a otros, apoyándonos entre todos.

Eso sí, la gran decisión que tendré que tomar es prescindir de aquello que simplemente me interesa y apostar por aquello que es mi verdadera pasión, porque todo lo demás se termina convirtiendo en un impedimento o una excusa.

#25S será un paso más en el camino

Hoy será un día importante. Hoy es 25 de septiembre de 2012.

Hace un par de meses un grupo de ciudadanos, a los que desconozco completamente pero con los que tengo mucho más en común que con mi vecino de al lado, despertaron una chispa que ha terminado consolidándose como la gran manifestación que se dará hoy en toda España y que será especialmente simbólica en Madrid. Un movimiento sin un origen claro, sin cabezas que descabezar, sin límites definidos y sin una manera razonable de conocer cuántas personas pueden estar adscritas al mismo más que esperar y ver cuántas salimos a la calle. Un movimiento genuinamente del siglo XXI. Sistémico y tribal a la vez. Que no importa dónde ni cómo nace, sino cómo crece.

Pero aun siendo hoy un día que será significativo, no es más que un paso más en el camino. Ni habríamos llegado a este punto sin haber dado los anteriores –recuerdo haber tenido una sensación muy parecida en aquellos días alrededor del asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997, las manifestaciones contra la Guerra de Irak en 2003, las Elecciones Generales justo después del 11 de Marzo de 2004 o el 15-M desde 2011– ni habremos llegado a nuestro destino mañana. Recuperar nuestra dignidad y nuestra responsabilidad como ciudadanos no es algo que ocurra mágicamente, como el que se toma una pastilla. Es un proceso de maduración individual y colectivo. Y toma tiempo. Porque hay que andar el camino. Un camino sin líderes pero con rumbo. Un camino cuyo destino es la utopía y cuyo resultado es acercarse cada día más, sin importar si la alcanzamos o no.

Como muchos, hoy tendré que hacer encaje de bolillos para estar todo lo que pueda en Madrid poniendo lo mínimo que puedo poner: mi presencia en este día tan significativo en el que reclamaremos volver a ser ciudadanos –si alguna vez lo fuimos de verdad–. Pero qué menos puedo hacer para poderme levantar al día siguiente diciendome a mí mismo y a mis hijos que este día ayudé (un poquito) a recuperar la esperanza. Y no temo a las posibles represiones del gobierno porque sé que estaré en todo momento acompañado de tantos ciudadanos que ni el más loco se atreverá con nosotros. Es el poder de la tribu. Somos más y nos sentimos arropados. Somos más y juntos somos también más poderosos.