Gestionar proyectos

Hoy he terminado el curso de Scrum que imparte Angel Medinilla y que tuve que dejar a medias en octubre porque me pilló el nacimiento de mi segundo querubín.

Vale que yo iba bastante motivado, pero en la retrospectiva que ha planteado Ángel al final del curso mis compañeros lo han calificado como “completo” y “ameno”. Lo cierto es que no puede ser de otra manera. Ameno porque hemos jugado a pasarnos pelotas a ritmo de Jamiroquai o hemos visto videos como éste. Y completo porque no sólo hemos aprendido cómo se hace Scrum sino también sus principios y por qué es rentable para una empresa implantar esta metodología de gestión de proyectos.

Y además de todo esto, que es el objetivo estricto del curso, Ángel habla de muchas otras cosas y comparte su experiencia con los asistentes. Y favorece también que este intercambio de experiencias sea recíproco, con lo que todos nos enriquecemos muchísimo.

Pero yo no quería escribir para hacerle una cuña publicitaria (gratuita) a Ángel (bueno, quizás se la cobre más adelante… ya se me ocurrirá algo… je, je). Yo en realidad quería explicar que este curso de Scrum es también un curso de gestión de proyectos encubierto y, para qué engañarnos, es muy necesario formar a nuestros jefes de proyectos y líderes técnicos en lo que significa gestionar un proyecto y su relación con la rentabilidad si realmente queremos que nuestro sector sea competitivo (especialmente en estos tiempos de crisis y “cambios de modelos productivos”).

Ojalá hubiera muchas empresas en España que se dieran cuenta de que sólo es posible mejorar nuestra competitividad mediante incrementos significativos de nuestra productividad y que, como bien se ve en uno de los ejercicios que hemos hecho hoy con Ángel, no es posible producir incrementos significativos de la productividad simplemente confiando en que con el paso del tiempo tenemos más experiencia o en que “vamos a echarle más ganas”. Esperar que algo cambie sin hacer nada diferente es la definición de locura según Einstein.